MEDITACIÓN BUDISTA ZEN

VEN. DR. HYOENJIN PRAJNA: Obispo y Abad Regional de México de la Orden Zen de Cinco Montañas, es monje y guía maestro de la sangha MBZ, recibió Inga el 16 de julio 2017, y recibió los 250 votos del Bhikshu (monje) el 22 de julio 2016 por el Ven. Dr. Wonji Dharma. Ven. Hyoenjin es originalmente de Kansas City, Missouri, USA y ha vivido en Guadalajara, México desde 2000. Tiene más de 45 años experiencia en meditación, dos maestrías (psicología y estudios budistas), y un doctorado de Psicología Oriente-Occidente investigando métodos de meditación en las tradiciones espirituales del Oriente. Ven. Hyoenjin imparte clases, conferencias universitarias, charlas Dharma, retiros y talleres sobre el buda-dharma además de citas individuales para orientación y estudio personalizado.

Un Obispo (Maestro Zen) es un miembro del clero que, después de haber recibido Inga, preside sobre una o más congregaciones. Esta posición incluye responsabilidades de supervisión sobre la comunidad de practicantes y los líderes en esa región. Un obispo sirve como guía e instructor en asuntos religiosos; y es a menudo el fundador y líder de sus congregaciones.

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lunes, 14 de enero de 2019

MEMORIAL Alberto Hernández Gutiérrez “Encender la Luz” 13/ENE/2019


MEMORIAL
Alberto Hernández Gutiérrez
“Encender la Luz”
13/ENE/2019
Ven. Dr. Hyoenjin Prajna



Dogen Zenji, un monje zen del siglo 12 de Japón, una vez escribió:

Una flor cae, aunque la amemos.
Una mala hierba crece, aunque la detestemos.
~Dogen Zenji

Admiramos las flores abriéndose en la primavera. Queremos que duren para siempre. Pero no es así. Queriéndolas continuar para siempre en esta forma nos causa sufrir. Las flores van a marchitarse y caer, nada dura para siempre. Si intentamos aferrarnos a las flores vamos a sufrir, porque son impermanentes, se mueren. Si rechazamos este hecho, la muerte, estamos rechazando algo no solo es inevitable, sino, además, es una parte íntegra de la experiencia de vivir.  Al aceptar la flor como efímera e impermanente, podemos apreciar su belleza, su delicadeza, su perfume, con más apreciación, más atención, y luego dejarla caer sin remordimiento, porque es precisamente su impermanencia lo que hace la flor perfecta en su surgir, perdurar un rato, y luego desaparecer. Se puede ver la vida así por lo que es en todo su esplendor. Esto es ver sin ver.  

         En el libro clásico El Principito, el protagonista explica cómo ver lo importante en la vida, sin ojos:

"Esto que veo aquí no es más que una corteza. Lo verdaderamente importante es invisible...He aquí mi secreto: sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible a los ojos". ~El Principito

         Estamos aquí hoy para celebrar la vida de una persona muy querida por su familia y amigos, el señor Alberto Hernández Gutiérrez. Como una flor, se ha caído. Es parte de la vida. No obstante, cómo el Principito enseña, lo verdaderamente importante es invisible a los ojos. El cuerpo es sólo una corteza.  La muerte sólo afecta a esta corteza, pero no a lo esencial, lo que no se ve con ojos, sino con el corazón. De hecho, es precisamente por la muerte, igual a la flor, que se pone en relieve lo que era hermoso y especial de su vida. Nuestro corazón nos revela lo que era importante de Alberto. Lo han amado profundamente, porque su vida revelaba lo que es amor en sí, manifestándose en los que lo recuerdan aquí. Este amor en sí es lo que lo budistas llaman la naturaleza búdica, o sea, la esencia de todo. Cuando un hombre vive auténticamente desde la plenitud de su corazón, está viviendo y expresando la esencia universal. Por eso, es tan difícil decir adiós, porque queremos aferrarnos a su persona, la parte impermanente de este ser, la parte limitada de carne y hueso. Lo que es el verdadero Alberto Hernández Gutiérrez es lo que no se ve, lo invisible a los ojos, lo que ha tocado las vidas para siempre de sus queridos.  
         Desde la perspectiva zen, según el maestro Thich Nhat Hanh, de hecho, nada nace y nada muere. Él lo describe así en su libro La Muerte es Una Ilusión:
Nacimiento y muerte no son más que conceptos en nuestra mente. El creer que son reales origina en nosotros una poderosa alucinación que nos hace sufrir…
A partir de su experiencia realizativa, el Buda considera la existencia de una manera totalmente distinta: Nunca hemos nacido y nunca podemos morir…

Cuando perdemos a un ser amado hemos de recordar que no se ha convertido en nada…El ser amado no ha sido destruido, sólo ha adquirido otra forma.

Reconocer que nuestra naturaleza es el no-nacer y el no-morir, el no-llegar y el no-partir, el no-ser y el no no-ser, lo no-similar y lo no-diferente. Hacerlo más allá de toda idea u opinión es liberarse del miedo, es alcanzar la iluminación, es vivir plenamente…

Esta forma de practicar nos permite vivir sin miedo y morir serenamente, sin lamentar nada. Al igual que los grandes seres, cabalgamos libremente sobre las olas del nacimiento y la muerte. Y al vivir y morir así podemos también ayudar a muchas personas que nos rodean a vivir y a morir en paz. Si nuestra presencia es firme y serena, la persona moribunda no se sentirá demasiado asustada y apenas sufrirá… es necesario revelar al moribundo la realidad de que somos una manifestación y una continuación de muchas manifestaciones. Hacerle comprender la verdad de que «nada nace, nada muere»". (La muerte es una ilusión - Thich Nhat Hanh)

Así que, somos más que una idea de vida y muerte. Somos algo sustancial expresándose por medio de este cuerpo limitado. Hui Neng, un maestro zen del siglo 8, en el Sutra del Estrado, lo describe así cuando compara la meditación a la sabiduría como sustancia y función:
 “Buenos amigos, ¿cómo son parecidas la meditación y la sabiduría? Son como la lámpara y la luz que se desprende; si hay una lámpara, hay luz; y si no hay lámpara, no hay luz. La lámpara es la sustancia de la luz; la luz es la función de la lámpara. Así, aunque tienen dos nombres, en sustancia no son dos. La meditación y la sabiduría así son parecidas.” (Sutra del Estrado, V. 12-17: Sec. 4017-4088 Kindle)
Podríamos decir que este cuerpo, esta vida, es la función de sustancia, la expresión de algo que nunca nace y nunca muerte, simplemente cambia de formas. La luz, nuestra sabiduría, nuestra mente, se expresa mediante este cuerpo. Sin embargo, esta luz y lámpara, esta mente y cuerpo, no son dos, sino dos aspectos del uno. O sea, somos todos luces resplandecientes iluminando la noche oscura de ignorancia, sufrimiento y muerte. Sólo requiere una luz para iluminar la noche. Sólo una luz puede penetrar la ignorancia que causa el sufrimiento interminable de samsara. ¿Y cómo prender esta luz? ¿Cómo iluminarte? Buddha dijo:
  
Si enciendes una luz para alguien,
también iluminará tu camino.
~ Buddha 

Meditando, despertándote a la luz interior, puedes iluminar el camino para otros. Y a su vez, al iluminar el camino para otros, lo iluminas para ti. Esta luz es lo que somos. Por tanto, no la escondas. Compártela. Al dar, recibes. Al cuidar al otro, te cuidas a ti misma. Entonces, la compasión, la benevolencia, y la empatía, son tanto vehículos de luz regalada a otros como vehículos para realizar la luz en nosotros mismos. Los que haces es lo que recibes, es la ley de karma. Entonces, dar a otros lo mejor de ti, ámalos y te amarán, cuídalos y te cuidarán, libéralos y este esfuerzo te liberará.
         Este amor es lo que ilumina el camino, en actos de benevolencia y compasión. Este amor se manifiesta en infinidades de formas, con abrazos, besos, enseñanzas, y en la forma de un papá por su familia. Viendo tanto amor por Alberto Hernández Gutiérrez nos afirma que él no era simplemente la forma muerta de este cuerpo, sino la luz ilimitada del Uno, la luz de nuestra naturaleza búdica. Luz es luz, aunque sea de lámpara, vela, fogata o la luz de infinitas estrellas iluminando el firmamento ilimitado a todo nuestro alrededor. Todas son luz, todas son uno, todas son lo que la muerte no nos puede robar, porque todos somos esta luz que nunca nace, nunca muere, y siempre se ve aquí en nuestros actos de amor que revelan nuestra luz de Buddha.     

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