MEDITACIÓN BUDISTA ZEN

VEN. DR. HYOENJIN PRAJNA: Obispo y Abad Regional de México de la Orden Zen de Cinco Montañas, es monje y guía maestro de la sangha MBZ, recibió Inga el 16 de julio 2017, y recibió los 250 votos del Bhikshu (monje) el 22 de julio 2016 por el Ven. Dr. Wonji Dharma. Ven. Hyoenjin es originalmente de Kansas City, Missouri, USA y ha vivido en Guadalajara, México desde 2000. Tiene más de 45 años experiencia en meditación, dos maestrías (psicología y estudios budistas), y un doctorado de Psicología Oriente-Occidente investigando métodos de meditación en las tradiciones espirituales del Oriente. Ven. Hyoenjin imparte clases, conferencias universitarias, charlas Dharma, retiros y talleres sobre el buda-dharma además de citas individuales para orientación y estudio personalizado.

Un Obispo (Maestro Zen) es un miembro del clero que, después de haber recibido Inga, preside sobre una o más congregaciones. Esta posición incluye responsabilidades de supervisión sobre la comunidad de practicantes y los líderes en esa región. Un obispo sirve como guía e instructor en asuntos religiosos; y es a menudo el fundador y líder de sus congregaciones.

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lunes, 1 de diciembre de 2014

LA MATRIZ-SAMADHI Charla Dharma 30/NOV/2014


LA MATRIZ-SAMADHI
Charla Dharma 30/NOV/2014
REV. HYONJIN PRAJNA

 
Desde el samadhi nace un Buddha. Es la matriz en la cual se despierta a la plena conciencia de que “Soy Buddha”. El rol del samadhi es imprescindible a la Iluminación y la práctica espiritual. Faltando samadhi, nuestra práctica se vuelve insípida y poca profunda, un mero seguir ciego de reglas y leyes. En cambio, entrar en samadhi es un acto de fe y confianza en el que nos rendimos a la Mente Única y comenzamos la práctica verdadera de zen. En vez de entender el samadhi como la meta final, de hecho, es el punto de partida para que entres en el camino de los Buddhas iluminadores. 

¿Qué es el samadhi? Samadhi es estado de consciencia profunda o un trance libre de pensamientos discriminativos, libre de las sensaciones de placer o dolor. Nos experimentamos esto claramente el retiro pasado en la casa de David y Marijosé. Después de pasar tres días meditando en silencio, muchos de nosotros sentimos dolores de espalda y cuello, batallando con sueño y cansancio, falta de dormir, frío, y molestias interiores. Sin embargo, debido a la buena determinación y supremo esfuerzo, en la última sesión del penúltimo día, logramos como grupo un momento en el que el silencio reinó supremo. Fue evidente en este momento que la mente chica por fin se había callado. Fue como si el mundo entero se había parado, y se abrió una puerta interior en donde todo se volvió cristalino. Las quejas y molestias se quedaban en segundo plano, y lo que se reveló fue la plena consciencia sin pensamientos discriminativos, un sentido de que todo está en equilibrio, una armonía profunda y silenciosa. Este momento fue samadhi, la concentración profunda sin estorbos, preocupaciones, deseos, ansias, o miedos. Simplemente estábamos todos allí, transparentes y radiantes, la Mente del no pensar.

Es un acto de fe entrar en samadhi. Muchos tenían que sacrificar bastante para abrirse a esta experiencia en cuanto a tiempo, energía, y recursos, dejando familia y queridos en casa por unos días, sufriendo lo incómodo del invierno durmiendo en el piso o un sofá, dedicándose a mirar la pared por varias horas mientras que el mundo exterior bailaba a un concierto de rock en el vecindario. Aunque pareciera extraño, elegimos retirarnos del mundo, del confort, de nuestras rutinas, para arriesgarnos y entrar en algo desconocido para algunos, o por lo menos, un poco inconveniente en cuanto al montón de trabajo y compromisos sociales que les llamaban. No obstante, la llamada interior fue más fuerte, y allí nos encontramos meditando juntos, observando la mente chica con sus ideas de bueno y malo, placentero y desagradable. Pero a pesar de los obstáculos, algo bellísimo se mostró, lo que se encuentra en samadhi, lo que no tiene nombre, pero que se refiere como Buddha.

Este Buddha interior es nuestra propia consciencia libre obstáculo, libre de las agitaciones, libre de las kleshas de deseo, aversión, y delirio. Desde este silencio, nos surge la realización suprema de que “soy Buddha”, y esto es iluminación. Dentro de nuestro linaje, hablamos de iluminación súbita, la que significa que nos damos cuenta, no sólo de una forma intelectual, sino en lo más recóndito de nuestro ser, de que soy Buddha. Pero esto no es la meta final. De hecho, es un punto muy arriesgado, puesto que la mente chica del ego quiere aferrar la experiencia, guardándola por sí misma, como algo especial. Así, se convierte en dualidad, de que soy yo alguien con algo mejor que tú. Pero no es así, ya que todos nosotros, todo el universo, cada hoja de cada árbol, y cada grano de arena, también es Buddha. Pero sólo despertarse a este hecho no es suficiente. Requiere la práctica continua a cultivar esta verdad por todas nuestras vidas, incorporándolo en la vida cotidiana, ayudando a otros liberarse de samsara y el sufrimiento.

Pero, al despertarnos a esta Buddha esencial en todos nosotros, ¿por qué tenemos practicar? Hay escuelas de zen que dicen exactamente eso, considerando que el punto en que se da cuenta de que somos Buddhas, no hay nada más lograr. En cierto sentido, tienen razón, puesto que no hay nada exterior que se queda conseguir, ya que la Mente Búdica es siempre presente. Al creer que tenemos que lograrlo en algún momento futuro, estamos distanciandonos más y más de la plena realización de lo que siempre es presente. Hay un riesgo grande, al darnos cuenta de la verdad de que “soy Buddha”, que se deja de practicar. Pero justo allí es el chiste. Si no practicamos, meditando diario y aplicando la ética de los preceptos, entonces nos congelamos en una idea de lo que es Buddha, estancándonos en dualidad y reforzando el ego de nuevo. Lo que requiere entonces, es práctica para seguir madurando en la plena consciencia de la verdad.

Podríamos hacer la analogía con el nacimiento. Cuando un bebé viene al mundo, es un ser humano con todas sus cualidades, solo de una forma inmadura. El bebé es un hombre o mujer en potencia. No es esencialmente diferente del adulto, pero si, tiene que madurar para llegar a la plena manifestación de su humanidad. Podríamos decir lo mismo con nuestra práctica. Al entrar en la profunda concentración y silencio de samadhi, estamos dando a luz a nuestro Buddha bebé interior. Sin embargo, como cualquier bebé, hay que proteger, alimentar, y cuidarlo para que llegue a su madurez. De igual forma, nuestro Buddha bebé es un Buddha completa, pero inmaduro. Hay que cuidar y educarlo para que llegara a su edad adulta, un Buddha maduro.

Por eso, practicamos cada día la meditación, cultivando nuestra capacidad de vivir la vida cotidiana basada en la ética de los preceptos. Cuando nos sentamos en meditación, estamos renovando nuestra iluminación inicial, reafirmando nuestra budeidad fundamental. El acto de sentarse es un acto de fe que sigue reconociendo la verdad de nuestro verdadero ser, reanimándonos para seguir adelante en crecer como Buddhas, soltando nuestras kleshas de enojo, frustración, miedo, e indiferencia, madurando en nuestra capacidad de ayudar a otros en aliviar su sufrimiento y dar a luz a su propia Buddha bebé interior.

El gran maestro zen coreano Chinul afirmó en el siglo 12 que la iluminación es anterior a la práctica, no después. Cualquier práctica antes de la iluminación es un aspecto de dualidad, diferenciándose entre seres humanos y Buddhas; por lo tanto, no es verdadera práctica. Según Chinul, práctica es verdaderamente práctica sólo después de la iluminación, dando uno la fuerza y convicción para seguir practicando continuamente como una reafirmación, renovación, y compromiso a esta comprensión directa de la verdad. Así, seguimos madurando en nuestra iluminación como los Buddhas que somos, perfeccionando nuestra capacidad de servir. Por eso, el Sutra Avatamsaka describe 52 niveles desarrollo para los bodhisattvas. Qué es un bodhisattva si nada más que un Buddha madurando y perfeccionándose. Esto es nuestro trabajo, nuestro privilegio, y nuestra bendición. Aspiramos a la plena budeidad, meditando cada día, cultivando nuestra práctica, hasta que nuestro Buddha bebé crezca y madure a su plena capacidad y perfeccionamiento.

Bibliografía
Park, Sung Bae. (1983). Buddhist Faith and Sudden Enlightenment. State Univesity of New York Press: Albany, N.Y.

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