MEDITACIÓN BUDISTA ZEN

VEN. DR. HYOENJIN PRAJNA: Obispo y Abad Regional de México de la Orden Zen de Cinco Montañas, es monje y guía maestro de la sangha MBZ, recibió Inga el 16 de julio 2017, y recibió los 250 votos del Bhikshu (monje) el 22 de julio 2016 por el Ven. Dr. Wonji Dharma. Ven. Hyoenjin es originalmente de Kansas City, Missouri, USA y ha vivido en Guadalajara, México desde 2000. Tiene más de 45 años experiencia en meditación, dos maestrías (psicología y estudios budistas), y un doctorado de Psicología Oriente-Occidente investigando métodos de meditación en las tradiciones espirituales del Oriente. Ven. Hyoenjin imparte clases, conferencias universitarias, charlas Dharma, retiros y talleres sobre el buda-dharma además de citas individuales para orientación y estudio personalizado.

Un Obispo (Maestro Zen) es un miembro del clero que, después de haber recibido Inga, preside sobre una o más congregaciones. Esta posición incluye responsabilidades de supervisión sobre la comunidad de practicantes y los líderes en esa región. Un obispo sirve como guía e instructor en asuntos religiosos; y es a menudo el fundador y líder de sus congregaciones.

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lunes, 12 de noviembre de 2018

TOMANDO TÉ CON MARA Charla Dharma 11/NOV/2018


TOMANDO TÉ CON MARA
Charla Dharma 11/NOV/2018
Ven. Dr. Hyoenjin Prajna

“Después de muchos años de someterme al psicoanálisis, enseñar psicología, trabajar como psicoterapeuta, tomar medicinas, ir a la India, ser yogui, tener un gurú y meditar; hasta donde sé, no me he librado de una sola neurosis. De una sola. Lo único que cambió es que ya no me definen. Invierto menos energía en mi personalidad, así que me es fácil cambiar. Mis neurosis no son ya grandes monstruos. Ahora son como pequeños duendes a los que invito a tomar el té.”
                                                         ~Ram Dass

¿Cómo ser amigos del miedo? ¿Cómo experimentar el sufrimiento mientras que desarrollamos la compasión y la ecuanimidad suficientes para descansar al lado del temor? La siguiente historia zen ilustra el tipo de valentía necesaria para enfrentar el temor:

Érase una vez un samurái que escaló una montaña para llegar a un pequeño templo. Ahí encontró a un monje que estaba serenamente sentado, meditando.
           “Monje” le dijo, con una voz acostumbrada a la obediencia, “¡ilústrame del cielo y el infierno!”
           El monje se volvió hacia el guerrero y replicó con sumo desdén:
           “¿Ilustrarte del cielo y el infierno? No podría enseñarte nada. Eres sucio, ignorante y una desgracia para los samuráis. ¡Aléjate de mi vista!”
           El samurái se puso furioso. Arrebatado por la ira, sacó su espada y se dispuso a matar al monje. Éste lo miró a los ojos y le dijo:
           “Ése es el infierno.”
           El samurái se paralizó al darse cuenta de que el monje había arriesgado compasivamente su vida para darle esta lección. Bajó su espada y se inclinó con respeto y gratitud. El monje le dijo en voz baja:
           “Y éste es el cielo.”

         La valentía no se basa en eliminar, ignorar o apartar el temor, sino en desarrollar la valentía para ser presente con los intensos estados de ánimo junto con el corazón. Tenemos que renunciar las defensas, sentir el miedo directamente, dejándolo existir frente al amor, la belleza, y la pasión de nuestra Mente búdica. Esto nos permite aceptar la verdad de nuestra experiencia y enfrentar lo que está justo aquí y ahora. Así que podemos abrirnos, ser receptivos, y generar un espacio para que reconozcamos, exploremos e integremos nuestro temor e incluirlo en nuestra experiencia de la vida. Este tipo de valor nos abre también a la compasión profunda que puede ver el sufrimiento de otros mientras que comprendemos que todos tenemos temores, y como los bodhisattvas, podemos estar con otros en su miedo.   
         A veces tenemos que actuar con el valor de un guerrero durante emergencias o situaciones peligrosas, cuando necesitamos persistencia y fuerza para correr riesgos y no estar paralizado por el temor. En mi juventud, era un terapeuta trabajando con familias en crisis, viajando a sus casas para ofrecer apoyo, instrucción, y consejo. La primera familia que me asignaron vivía en un enorme edificio de 100 departamentos, pero abandonado por completo menos una donde vivía una familia sola que consistía en una abuela con sus 3 nietos adolescentes en etapa de rebelión juvenil. Los adolescentes no obedecían a su abuela en cuanto a realizar sus tareas, obedecer las reglas, respetar los límites o las horas para llegar a casa en la noche. La abuela estaba al punto de colapso con miedo, cansancio, y agobio debido al peligro que enfrentaban a diario. No tenían luz, las pandillas corrieron por los pasillos oscuros, y las prostitutas y los vendedores de drogas solían agruparse a la entrada del edificio. Y justo allí es donde tuve que pasar para llegar a la familia en el décimo piso. Repleta con mi armadura de guerrero, botas negras y una chamarra de cuero de motociclista, adornada con cadenas metálicas colgadas del hombro, y una gorra negra inclinada sobre un ojo, llegué en mi honda civic gris de dos asientos para mi primera visita.
         Cuando bajé de mi auto, todo un mar de seres cuestionables se volteó para verme, como tiburones hambrientos, pensé, esperando su próxima cena de carne roja. No es suficiente decir que tuve miedo, sino más bien, absoluto pavor frente a esta escena. Estaba seguro de que iban a devorarme, jamás encontrar un rastro de mí al terminar. Pero ¿qué pude hacer? Era mi trabajo y la familia me necesitaba. Entonces, como un buen samurái, pensé, es un buen día morir, y comencé a caminar hacia la horda congelada en silencio. Pero luego algo curioso me pasó. El mar se abrió, como Moisés partiendo el mar al escapar de los egipcios en la biblia, y me dejaron pasar sin decir una palabra. Cuando pasé por el portón, miré a un pasillo negro sin luz, los focos rotos o ausentes.
         Desde la oscuridad alguien me tomó la mano, guiándome por la oscuridad hasta las escaleras, luego señalándome la ruta arriba hacia el departamento de la familia. Subí los peldaños, rodillas temblando y débiles, hasta que llegué al décimo piso. En la penumbra del pasillo abandonado, encontré el departamento, y una abuela sonriente me saludó con un abrazo con sus hijos atrás. Estaban aliviados y agradecidos que su terapeuta salvador había llegado sano y salvo, ofreciéndoles esperanza que alguien en el mundo no les había olvidado, que todavía encontrarían el camino a la luz y el bienestar por medio de su terapia curativa. Me informaron que les habían corrido la voz que un hombre bueno, un terapeuta, iba a llegar. De hecho, la comunidad sentía admiración que alguien tenía la valentía entrar allí, simplemente para ayudar uno de los suyos, esta pobre abuela y sus nietos. Se había dicho a todos, no le toquen, viene aquí para ayudarnos. Y así las 8 semanas que visité la familia nunca sufrí ningún problema, y la familia comenzó a sanarse.
         Así que, hay un lugar en nuestra vida para el valor del guerrero que nos ayuda a mantenernos firmes ante las dificultades, mirar de frente el sufrimiento, y arriesgarnos para confrontar el miedo. Este valor se siente en el abdomen, dándonos la capacidad de actuar como un bodhisattva guerrero. No obstante, hay otro tipo de valor basado en la vulnerabilidad. Es la puerta a las dimensiones más profundas de nuestro ser. La vulnerabilidad no es debilidad; es no defensividad, la cual nos permite abrirnos por completo a nuestra experiencia. Nos volvemos así más sensibles y transparentes tanto al dolor, la pérdida y la tristeza como a la compasión, la alegría, el amor y la bondad. El valor de la vulnerabilidad abre la puerta a la invulnerabilidad de nuestra naturaleza esencial, una abertura pura, una amplitud sin defensas en la cual los vientos del temor pueden soplar a través de nosotros. No hay lugar donde el temor pueda aferrarse. Podemos dejar de luchar, relajarnos, y reposar en un estado de indefensión. El temor ya puede disminuirse puesto que nos damos cuenta de que nuestra esencia nunca sufre daños, jamás se enferma, y nunca muere. Paradójicamente, el valor de la vulnerabilidad nos deja descansar en la abertura de nuestra invulnerabilidad última. Ya el temor no nos congela. Puede transformarse, no por una fría investigación por la mente, sino por su contacto con el amor.
         Hay esencialmente dos emociones primarias en la vida, el amor y el temor. Son dos lados de la misma moneda. El temor es el lado de la contracción, y el amor es el lado expansivo. Podemos aprender a amar nuestro temor. Podemos elegir el amor sobre el temor porque confiamos en algo mayor que el temor, o sea, la benevolencia y la bondad básica de la realidad. Así que, sentados al lado de Mara, lo ofrecemos el té. Lo aceptamos como parte de nuestra vida. Meditando tranquilamente así, podemos descansar en nuestra naturaleza búdica con amor y compasión, tanto para nosotros como para otros. Así se revela la paz y la ecuanimidad, y pasamos por la puerta abierta al Nirvana.                             


Bibliografía
Ostaseski, Frank. (2017) Las Cinco Invitaciones. Océano: Amazon Digital Services LLC. Edición Kindle.


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